Corrector Literario


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Un buen Corrector Literario acompaña al autor y trabaja junto a él, para revisar palabra por palabra y hacer resaltar cada párrafo de su creación.
Un buen Corrector Literario cambia de perspectiva, dependiendo del texto; no es lo mismo corregir publicidad, que una novela, un cuento para niños, o una tesis.
Un buen Corrector Literario debe poseer la experiencia e intuición suficientes como para conservar el estilo del escritor y, al mismo tiempo, destacar todo su potencial.
Un buen Corrector Literario es quien logra captar la atención y confianza del autor, al punto tal que le entregue su obra.

Día del Corrector de textos - 27 de octubre -

sábado, enero 12, 2008

Como mamá de cinco hijos...

Como mamá de cinco hijos, tengo infinidad de anécdotas. Cada uno de ellos se ocupó de dejarme imborrables recuerdos, pero hubo uno que se distinguió entre todos por hacerme pasar los mayores papelones: mi segundo hijo.

Fueron todos aproximadamente a la misma edad, entre los dos y los tres años, que es el tiempo de los desaciertos, de la inocencia total y la curiosidad, unida a la difícil tarea de averiguar, preguntar y querer sentirse “grande”.


En una oportunidad iba con él y sus otros hermanos a elegir un juego de artefactos de baño, pues estábamos remodelando nuestra casa. Saqué número para esperar que me atendieran y comencé a caminar con los niños, recorriendo los distintos decorados. Consideré que había pasado demasiado tiempo y mi mente de madre comenzó a trabajar: el mayor pedía cuando quería hacer pipí, el más chiquito (los otros no habían nacido) usaba aún pañales pero... quedaba el segundo hijo, que era muy pequeño aún... así que le pregunté.
–Hijo, ¿quieres hacer pipí?
A lo que él respondió mirando orgulloso los inodoros de exposición y con cara muy feliz:
–No, mamita, ¡ya hice!

Nada pude hacer, más que salir apresuradamente del sitio en el que se encontraba un hermoso inodoro italiano rodeado de “agua”.


En otra oportunidad estaba llevando una campera a la tintorería. Como en la mayoría de estos negocios, su dueño era un japonés. Cuando entré con los niños y este señor preguntó mis datos –con ese acento tan especial– comencé a ponerme inquieta cuando vi que mi hijo (el segundo) no le quitaba los ojos de encima.


“¡Con qué saldrá esta vez!” –pensé. Por lo tanto, en cuanto terminé, lo tomé de la mano y me disponía a salir, cuando él se soltó, volvió corriendo hasta el mostrador y, le preguntó: –Señor... decime... vos... ¿también tenés pitito? Debo agradecer al tintorero que contestó muy amablemente, pero cuando llegué de vuelta a mi casa, ¡mi cara aún estaba colorada!


Fui un día a comprar unos pantalones para los niños. El empleado, queriendo congraciarse con los chicos, les ofreció una pastilla a cada uno, pero eran de mentol.
Cuando se los dije, el mayor desistió, el tercero era muy pequeño, así que no tenía poder de decisión, pero el segundo... ¡¡ah... el segundo!!
–Yo quiero una –dijo
–Hijo, son de menta, de la que pica mucho, ¡mucho! –traté de disuadirlo. A los niños no les gusta la menta –le dije al empleado.
–Pero mami, ¡a mí me gustan! –repuso retador.
El muchacho me miró como si yo fuera la culpable de que el pobre niñito se quedara sin la golosina y, al ver mi gesto de asentimiento, le dio la pastilla, que él enseguida se puso en la boca, mirándome desafiante, como diciendo, “¿viste que me gustan?”


No habrían pasado ni dos minutos, cuando el nene le dijo al empleado: –¿Me das tu mano?
El empleado le sonrió afectuosamente (yo seguía siendo la “mala” de la película) y le tendió su diestra.
Mi segundo hijo la tomó con mucha tranquilidad... se la dio vuelta y, cuando tuvo la palma hacia arriba... ¡le escupió la pastilla semi-masticada!
–No, no me gusta, ¡pica! –le dijo con toda tranquilidad.

Este fue un papelón a medias... ¡Nunca subestimes la recomendación de una madre!
¡Pena no haber tenido una cámara para captar la expresión del empleado!

…continuará…

© Hilda Elina Lucci

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